martes, 21 de septiembre de 2010

Sentir miedo

Hace 1 año, septiembre 2009, sentía una angustia que me oprimía. En la Asamblea iban a aprobar el proyecto de Ley de Educación.
Tuve la oportunidad de asistir a una presentación donde estaban como ponentes los diputados Juan José Molina y Pastora Media, el abogado Lapitz entre otras personas muy talentosas. Lograron transmitir una emoción y un deseo de lucha, que me animaron a participar más activamente en la calle.
El día que se suponía aprobaban la ley, nos convocaron a una concentración en la Asamblea. Como era vacaciones y no podía dejar a los niños solos, combiné en ir con mi compadre. Tomamos el metro y llegamos. Mi primera sorpresa: máximo 200 personas… ¿Tan pocas personas preocupadas por la educación de nuestros hijos?. No entendía las razones de tan baja convocatoria.
Pasaron las horas y evidentemente el lugar se fue llenando de gente vestida de rojo, agresivos, buscando pelea. Entre ellas y la oposición, una barrera de policías. Los ánimos se fueron caldeando. Del otro lado otra marcha que llegaba de la oposición fue atacada con bombas lacrimógenas, a tal punto que los bomberos se llevaron a varios ahogados, entre esos al Padre Ugalde.
Minutos después deciden dispersar a nuestra concentración con un número tal de bombas que quedarse era ahogarse y caer desmayado. No sé cómo logré pasar el momento, y quise retirarme, al igual que el resto. No tenía sentido quedarse en “tierra roja” donde no somos invitados mucho menos aceptados.
Mi compadre en un desliz de inocencia, me pide que nos quedemos a ver qué van a hacer los grupos oficialistas. No me quedaba otra cosa. Tenía que permanecer en el lugar. Recuerdo que estaba sentada sola en un muro de un túnel que comunicaba otra calle. A mi lado unas señoras de edad avanzada comentaban la situación, evidentemente descontentas. Mi compadre caminaba.
En eso una horda chavista, armados con  banderas, comienzan a gritar que esto es territorio chavista y que no hay cabida para nadie más, y una de las mujeres del grupo chavista apunta hacia las tres señoras que estaban a mi lado, y comienzan a gritar ”ellas no son chavistas”, las rodean, y comienzan a atacarlas y golpearlas con los palos de las banderas.
Mi sorpresa fue tal que no podía moverme. Mi compadre en un impulso proteccionista intentó ayudar a las señoras y resultó empujado por el grupo, que se lo llevó a golpes del lugar. Yo seguía petrificada, como transparente, como si no hubiese existido en ese momento porque nadie ni me vio ni me agredió.
Con un temblor incontrolado cruce la callecita y traté de entrar en un puerta que evidentemente era un organismo público, protegido por 5 hombres vestidos de negros, los cuales no me dejaron entrar y por el contrario me gritaron cualquier cantidad de improperios, que en resumen querían transmitir que lo que me pasara era mi total responsabilidad porque yo no debía estar ahí.
Como pude me protegí detrás de uno de esos hombres y cuando vi que la horda regresaba, aproveché y salí de puntillas, y pegada de la pared corrí a buscar a mi compadre a quien conseguí herido y moreteado de tanto golpe recibido.
Nunca sentí tanto miedo. Nunca imaginé que el odio era tal que no se respeta género ni edad. Días después estuve deprimida sin encontrar sentido a vivir en un país donde se ha sembrado el odio.
Hoy sigo aquí. Trabajando y luchando, creyendo en un futuro mejor, democrático, libre de mal, libre de miedo.
Por eso repito una frase que parece trillada por estos días: ¡VOTEMOS EL 26/09!
                                                                                                                                             
          

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